Europa debe recuperar su estabilidad estratégica

En una entrevista para Puzle de Fronteras, el director del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI), Thomas Gomart, analiza la situación de Europa, Francia y España. Europa ha entrado en una fase en la que la estabilidad ya no puede darse por descontada. La guerra de Ucrania ha devuelto al continente la lógica de la fuerza; el regreso de Donald Trump ha reabierto la pregunta sobre la fiabilidad del vínculo transatlántico. China y Estados Unidos estructuran buena parte de la competencia tecnológica y económica mundial; y el flanco sur —del Mediterráneo al Sahel— sigue acumulando tensiones que afectan de forma directa a países como España y Francia. Para Thomas Gomart, director del Instituto Francés de Relaciones Internacionales —IFRI—, la cuestión ya no es si Europa debe mirar al este o al sur, sino si será capaz de adoptar una verdadera “aproximación de 360 grados”. Una mirada que entienda Ucrania como el centro de gravedad de la seguridad europea, pero que no reduzca la política exterior del continente a una sola frontera. Una aproximación de 360 grados Gomart rechaza la tentación de jerarquizar las amenazas europeas de forma excluyente. Para el director del IFRI, la seguridad europea exige una mirada de 360 grados: mirar al este, donde la guerra de Ucrania concentra hoy el centro de gravedad de la seguridad continental; mirar al sur, donde el Mediterráneo, el norte de África y el África subsahariana afectan directamente a España, Francia e Italia; mirar al norte, donde el Ártico y Groenlandia revelan nuevas tensiones geopolíticas; y mirar al oeste, donde la relación con Estados Unidos atraviesa una transformación profunda. La fórmula permite resolver una tensión habitual dentro de la Unión Europea: para Polonia o los países bálticos, la amenaza rusa es existencial; para España, Italia o Francia, el flanco sur no puede ser tratado como una preocupación secundaria. La respuesta no pasa por competir entre geografías del miedo, sino por construir una lectura común de vulnerabilidades interdependientes. La guerra en Ucrania: “cáncer fulgurante” de la seguridad europea Aunque defiende una mirada global, Gomart sitúa la guerra de Ucrania en el centro del tablero. No solo por la brutalidad del conflicto, sino porque Rusia persigue, a su juicio, un doble objetivo: someter a Ucrania y romper el vínculo transatlántico debilitando a la Unión Europea. La guerra, iniciada en 2014 y agravada con la invasión a gran escala de 2022, habría destruido una de las principales ventajas comparativas de Europa: su estabilidad estratégica. La consecuencia es profunda. Europa ya no puede presentarse ante el mundo como un espacio preservado de la lógica de la fuerza. La guerra de desgaste en Ucrania, con niveles de pérdida que evocan algunas jornadas de la Primera Guerra Mundial, ha devuelto al continente a una gramática que muchos gobiernos creían superada. El estado del vínculo transatlántico Gomart habla de una “estrategia de prosternación” europea ante Trump en el primer trimestre de 2025 y de un “cisma transatlántico” en valores, derecho y visión del mundo. Europa ha vivido demasiado tiempo en una relación cómoda entre prosperidad y seguridad, aceptando una dependencia que parecía funcional mientras el marco transatlántico era estable. El retorno de Trump obliga a revisar ese supuesto. Según Gomart, buena parte de los dirigentes europeos reaccionaron inicialmente con una estrategia de acomodación, evitando confrontar a un presidente que entiende la política internacional como una sucesión de relaciones de fuerza y transacciones. El problema no es solo diplomático. Es también psicológico, narrativo e informativo: Europa consume, comenta y ordena parte de su conversación pública alrededor de los gestos diarios del poder estadounidense. Ahí aparece una cuestión incómoda: ¿cómo seguir siendo aliado de Estados Unidos sin aceptar una posición de subordinación? ¿Cómo defender el vínculo transatlántico sin renunciar a una dignidad estratégica europea? Gomart identifica Groenlandia como una línea roja, aunque más narrativa que militar. La sola insinuación de una presión estadounidense sobre un territorio vinculado al Reino de Dinamarca revela hasta qué punto el lenguaje de la transgresión puede erosionar certezas básicas entre aliados. En ese terreno, Trump no actúa únicamente mediante decisiones formales, sino mediante discursos performativos: afirma, provoca, desestabiliza y obliga a los demás a reaccionar. Para los europeos, el dilema es complejo. Responder siempre al golpe verbal puede implicar quedar atrapados en la agenda de Washington. No responder nunca puede normalizar una degradación del respeto entre aliados. España y Francia en un mundo en aceleración La relación entre España y Francia no necesita ser inventada. Está ahí: en la geografía, en la historia, en los flujos económicos, en los intercambios humanos y en una vecindad que ha producido una interdependencia difícil de ignorar. Pero una relación densa no equivale necesariamente a una relación estratégica. El desafío, según Gomart, consiste en transformar esa proximidad en capacidad de acción: consultas políticas más frecuentes, diagnósticos compartidos y una agenda bilateral capaz de influir en el debate europeo. La autonomía europea no se juega solo en tanques, barcos o presupuestos militares. También se juega en las plataformas digitales, en los datos, en la infraestructura financiera y en la capacidad de los europeos para controlar su propio espacio informativo. Gomart subraya la asimetría informacional: X pertenece a Elon Musk, TikTok estructura cada vez más el funcionamiento cognitivo de las sociedades y las grandes plataformas estadounidenses condicionan la conversación pública europea. En ese contexto, el contra-relato europeo no depende únicamente de tener mejores argumentos, sino de disponer de medios tecnológicos para hacerlos circular. La entrevista con Thomas Gomart deja una conclusión incómoda pero necesaria: Europa ya no puede permitirse pensar su seguridad como una suma de amenazas aisladas ni como una responsabilidad delegada en Washington. La guerra de Ucrania, el flanco sur, la rivalidad tecnológica, la presión china, el retorno del trumpismo y la fragilidad de las cadenas de valor forman parte de una misma aceleración histórica. En ese mundo, Francia y España tienen algo más que una vecindad que administrar. Tienen una responsabilidad estratégica compartida: ayudar a que Europa mire al mismo tiempo al este, al sur, al norte y
Mali 2026: radiografía de un país asediado

¿Qué hay en juego y quién “va ganando”? Tras la retirada de las operaciones militares francesas, Rusia, se había convertido en el principal socio para Mali en materia de seguridad y lucha contra el terrorismo. Primero con Wagner y luego con Africa Corps, el planteamiento ruso no ha diferido demasiado del modelo francés. Una presencia militar reforzada cuya contraprestación se paga en acceso prioritario a recursos y en influencia política acompañada de una agresiva campaña de propaganda destinada a compensar la falta de arraigo real de sus propuestas. Sea por arrogancia o por un error de cálculo, Rusia ha caído en la misma trampa que sus predecesores galos y ha confiado en que su presencia militar y sus mensajes anti-occidentales podían cumplir sus objetivos, menospreciando la complejidad de las sociedades del Sahel y sus dinámicas de funcionamiento. El bloqueo del suministro de combustible que sufrió Bamako en diciembre de 2025 fue un aviso a la junta militar liderada por Assimi Goïta. JNIM (Grupo de apoyo al Islam y a los musulmanes) interpelaba al poder de Bamako y mostraba su capacidad de desafiarlo y la incapacidad de sus socios de protegerlo. Con la ofensiva coordinada de abril de este año, la fragilidad se ha tornado en debilidad. La pérdida de la ciudad clave de Kidal y el asesinato del Ministro de Defensa Sadio Camara son dos clavos más para el Sahel. Agotado, su reemplazo ha sido el propio Assimi Goïta, líder de la junta militar, que absorbe las funciones del Ministerio de Defensa de su gobierno. Los protagonistas de la ofensiva Uno de los factores más llamativos de este episodio ha sido la coordinación de los ataques entre grupos enfrentados hasta la fecha. En Mali y en el Sahel coexisten varios grupos armados cuyos objetivos pueden ser distintos, más allá de su intención de derrocar al régimen militar de Bamako. El Frente de Liberación del Azawad (FLA) apunta a lograr la independencia de la mitad norte del país y a implementar un régimen autónomo regido por sus leyes. No buscan imponer un califato ni aplicar la Sharía dentro de su territorio, sino dotar de autonomía política a su proyecto nacionalista Touareg y separarse permanentemente del Estado maliense. Por el otro lado, el JNIM sí que persigue la imposición de un califato y de la Ley Sharía en todo el territorio bajo su dominio. Su identidad es la de un grupo yihadista y sus objetivos van mucho más allá de las fronteras actuales de Mali. Se aspira a continuar esa Yihad en los territorios que considera herejes desde una concepción estricta del Islam. Los objetivos del FLA y del JNIM son completamente incompatibles. El FLA es un grupo con aspiraciones de naturaleza étnico-territorial, es decir, lucha por la independencia de un grupo étnico – los tuaregs – dentro de un territorio determinado – el Azawad – . Su legitimación tiene raíces históricas de vinculación entre ese pueblo y ese territorio. El JNIM es una coalición de grupos más pequeños, todos ellos de carácter yihadista y salafista, creada en 2017 y vinculada a Al-Qaeda. Su legitimación tiene un origen religioso fundamentalista y aspira a extender su influencia sobre un territorio mucho más amplio. Dentro se encuentra, entre otros el Azawad tuareg, pero también España y otros países que poco tienen que ver étnica o religiosamente con el Sahel. Una ofensiva coordinada entre separatistas y yihadistas La coordinación entre los ataques entre separatistas y yihadistas no es un detalle menor, sino unindicio de la evolución de la situación. La incompatibilidad entre sus objetivos hacía improbable su colaboración, pero ha quedado claro que no era imposible. La falta de anticipación de esta posibilidad por parte de Rusia pone de manifiesto, que no es el aliado que Mali necesita para hacer frente a sus desafíos en materia de seguridad. Esto tensa aún más las dinámicas sahelianas. El hecho de que grupos opuestos hayan decidido colaborar tiene dos posibles explicaciones: o bien han limado asperezas y han cedido en sus objetivos o que la oportunidad sea tan buena que merezca la pena, lo más probable. La fragilidad del Gobierno de Bamako ha llegado a niveles que no se veían desde 2012 y evidencia el agotamiento del modelo ruso para el Sahel. Lo que ocurre en el Sahel afecta directamente a España A la vista de un mapa, el Sahel es la antesala del Magreb y del Mediterráneo sur. En estas dos regiones convergen varios fenómenos que marcan la agenda exterior española y europea. Lucha antiterrorista, migraciones, tráfico de armas y drogas, trata de personas… El Sáhara, antaño considerado una barrera natural, se ha revelado como un avispero en el que se esconden y proliferan numerosos actores que generan inestabilidad. Mali se encuentra en el corazón de los flujos migratorios que se dirigen a España a través de las Islas Canarias. También es junto a Burkina Faso, el epicentro del terrorismo en África, un cóctel muy peligroso con consecuencias visibles a día de hoy. El círculo vicioso de la inestabilidad y la violencia es una trampa para una juventud que ve en los grupos armados el mejor empleo posible y que anula cualquier tipo de alternativa. El mundo globalizado en el que vivimos se caracteriza por la correlación de numerosos fenómenos, aparentemente inconexos. El Sahel se ha cobrado una mayor relevancia en los últimos años hasta volverse prioritario dentro de la agenda de objetivos estratégicos de España. La porosidad de las fronteras de los países que lo integran y la dificultad de sus gobiernos para controlarlas complica más su gestión. Todo esto introduce incógnitas en el planteamiento estratégico para una región inestable que está cobrando una relevancia mayor en un mundo cada día más incierto.
Día de la Victoria: ¿tiene Rusia algo que celebrar?

Rusia ha celebrado su tradicional desfile militar del Día de la Victoria sin el habitual músculo militar que solía caracterizarlo y sin el respaldo internacional al que acostumbraba. La amenaza de un ataque ucraniano ha provocado un gatillazo mediático que muchos interpretan como un signo de la fragilidad de los equilibrios en que se sustenta la estrategia del Kremlin. Cada 9 de mayo, mientras Europa celebra el compromiso europeo, Rusia recuerda la victoria sobre el fascismo y el totalitarismo político, encarnado por el nazismo alemán. Un régimen sepultado por el esfuerzo conjunto de una Europa unida hace ya más de 80 años. La mayoría de países europeos celebra el Día de Europa – valga la redundancia – aniversario de la Declaración Schuman. Paralelamente, Rusia conmemora su “Día de la Victoria”. Dos celebraciones de acontecimientos directamente vinculados, que hoy en día se ven confrontadas, a la luz de la invasión rusa de Ucrania, en la batalla por el relato. En 1945 los aliados pusieron fin a las aspiraciones imperialistas de un régimen que se consideraba legitimado para ocupar el territorio y pasar por encima de la población de sus vecinos. Si Europa conmemora el 8 de mayo la capitulación alemana y el 9 de mayo el Día de Europa, Rusia celebra el 9 de mayo su particular “Día de la Victoria”, hoy difícilmente explicable a la luz de su papel en Ucrania. Aunque Vladimir Putin siempre ha enmarcado su famosa “operación especial” en una delirante lucha auto-profética contra un fascismo que sitúa en Ucrania, dicha guerra parece habérsele enquistado y sus consecuencias afectan, poéticamente, a la idea que vende Rusia acerca de su papel en la derrota del nazismo en 1945. Un imponente desfile militar conmemora la gesta y Rusia lo celebraba, hasta el año pasado, rodeada de sus aliados y de los motivos de orgullo de su industria militar. El de 2026 ha estado marcado por el importante dispositivo de seguridad y por la ausencia de buena parte de las unidades con las que Rusia solía mostrar su músculo militar ante el mundo. Desde 2007 no se celebraba un desfile como este sin equipo militar. Pese al patriotismo que Moscú ha tratado de forzar a través de sus medios de influencia, el ambiente ha sido más amargo de lo habitual y ha discurrido casi como un mero trámite. Para el Kremlin, se está volviendo cada vez más complicado disimular la fragilidad de sus equilibrios y las dificultades que les está generando su ofensiva sobre Ucrania. Una ofensiva en la que han tomado parte tropas norcoreanas, que también han estado presentes en este particular desfile del 9 de mayo. Más allá de una interpretación simplificada, estas conclusiones reflejan una tendencia identificable en varios sucesos clave que, en conjunto, han tendido a fragilizar la posición de Rusia respecto a sus adversarios geopolíticos durante los últimos meses. Desde el asesinato de figuras clave en su estructura de toma de decisiones – como el número dos del GRU, Vladimir Alexeyev, en febrero de este año – hasta la pérdida de socios afines en Europa – como el recientemente derrotado Viktor Orban en Hungría – la posición internacional de Rusia se está debilitando. A esto se añade el evidente desgaste militar y económico de una guerra que dura ya más de cinco años. Es cierto que el ataque de Estados Unidos sobre Irán y sus repercusiones sobre el mercado mundial de hidrocarburos ha supuesto un balón de oxígeno para Rusia y le ha permitido hacer caja y rellenar momentáneamente sus arcas. Sin embargo, existe una tendencia de naturaleza estructural que discurre a la baja y que le requiere modificar su hoja de ruta para no acabar enterrada bajo sus propias aspiraciones. Si a todo el mundo le ha quedado claro que Rusia hace una lectura particular de la fenomenología geopolítica, un desfile militar sin músculo puede razonablemente ser interpretado como un gatillazo mediático. Aunque este último pueda tener sentido tras un cálculo estratégico, en función de los riesgos – como la amenaza ucraniana de atacar el desfile con drones – y los posibles réditos, es una muestra clara de incertidumbre y, por tanto, de debilidad. Durante este fin de semana de aniversarios, Europa ha vuelto a mostrarse optimista sobre sus posibilidades. Mientras en Moscú discurría un desfile militar más discreto, en Hungría tomaba posesión el nuevo Primer Ministro Péter Magyar. Así, en el aniversario de la declaración que inspira la actual Unión Europea, Hungría regresaba a la senda del compromiso, o al menos eso es lo que Magyar ha prometido. Sólo el Primer Ministro de Eslovaquia, Robert Fico, ha acompañado a Putin en sus celebraciones, desafiando una vez más la posición común de la UE sobre la guerra de Ucrania. ¿Es este el punto de inflexión que lleva buscando Europa durante el último lustro? Aún quedan asuntos por amarrar, pero también hay motivos para confiar en que la Europa de hoy está en mejor posición que la de ayer y peor que la de mañana. Puede que todavía sea pronto para hablar de una inversión definitiva de las dinámicas estratégicas que han marcado el último lustro. Pero sí parece cada vez más evidente que la guerra de Ucrania no sólo está desgastando la capacidad material de Rusia, sino también el relato histórico y simbólico sobre el que Moscú ha tratado de sostener buena parte de su legitimidad internacional. Y en política internacional, cuando un actor empieza a perder simultáneamente capacidad, aliados y narrativa, rara vez se trata de un detalle menor.
La aceleración de la agenda ártica ante la alteración de los equilibrios en Oriente Medio

Oriente Próximo y Oriente Medio, las regiones de producción y paso del crudo mundial, están en llamas desde el pasado 28 de febrero. Los efectos entre el eje EEUU – Israel contra Irán y sus proxys se han cebado con la economía mundial. ¿Es el Ártico una alternativa más interesante a las tradicionales rutas que atraviesan el Estrecho de Ormuz? Tras el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, los sucesivos bloqueos del estrecho de Ormuz y el enquistamiento del conflicto, muchas miradas se han vuelto hacia el norte. Allí podría encontrarse una alternativa logística a la inestabilidad de Oriente Medio. A lo largo de la Historia, las rutas comerciales han ido sucediéndose y las más eficientes van cobrando una relevancia particular, hasta que aparece otra que las desbanca de su hegemonía. Si la ruta Ártica desbancará a las actuales, es sólo una cuestión de tiempo, pero la pregunta es ¿cuándo? Los obstáculos de las rutas árticas. A la vista de este mapa, es evidente que la ruta ártica es mucho más corta en distancia y en tiempo. Sin embargo, la navegación en aguas con semejante cantidad de hielo conlleva unos sobrecostes que, de momento, imposibilitan concebirla como alternativa viable. Dichos sobrecostes incluyen la escolta de rompehielos, la adaptación de los buques, el encarecimiento de los seguros, una menor velocidad y las tasas impuestas. A ello se suma el riesgo de sanciones derivado de la situación geopolítica. Todos ellos son cuantificables y es probable que dichos cálculos se estén haciendo en los despachos de consultorías internacionales y servicios de inteligencia económica. Interrogada sobre la posibilidad de que las complicaciones en la región del Estrecho de Ormuz potencien las agendas para posibilitar la navegación de las rutas árticas, la consultora en logística y transportes, Nuria Díaz, afirma que estos conflictos “nos enseñan las dificultades de la cadena de suministro global ante una disrupción causada por tensiones geopolíticas y lo grave que puede ser según dónde se produzca el conflicto”. Añade que “de ahí que para el caso específico de Hormuz, se esté volviendo a hablar de otros megaproyectos de infraestructura” y menciona megaproyectos de infraestructura en Marruecos y Turquía. Concluye que “no se trata de una falta de interés por parte del mercado, sino de una combinación de restricciones técnicas, operativas y de riesgo que impiden una aceleración real a gran escala”. La infraestructura sigue siendo insuficiente: la capacidad portuaria es limitada, no hay suficientes servicios de emergencia (SAR) ni puntos de bunkering, ni puertos de refugio, lo que incrementa considerablemente el riesgo operativo. Como colofón, “el control ruso de la Ruta Marítima del Norte introduce incertidumbre geopolítica, regulatoria y de asegurabilidad, especialmente para operadores europeos” según Díaz. Rusia en el Ártico. Como dice el periodista Marzio Mian en su libro Guerra Blanca, Rusia es consciente de la importancia estratégica del Ártico desde el siglo XVIII. Si Pedro el Grande descubrió el Ártico, la URSS lo militarizó y Putin lo ha convertido en un elemento indisociable de la identidad nacional rusa. Una de las cosas que más preocupa es la posición de Moscú en el teatro Ártico. Con 24.000 km de costa en el Ártico, Rusia ocupa más del 50%, algo que señalan como uno de los motivos del interés de Trump por hacerse con Groenlandia. Rusia controla la mayor parte de la Ruta Marítima del Norte (NSR) y tiene la red más extensa de puertos, rompehielos y bases árticas. Además es la única potencia que cuenta actualmente con rompehielos nucleares, estacionados en la ciudad de Murmansk. Asimismo, puede regular el tránsito ártico (tasas, permisos, escoltas), lo que introduce una variable política clave en cualquier cálculo de rentabilidad. La fórmula de la rentabilidad de las rutas comerciales globales Para calcular la rentabilidad económica y logística de las rutas árticas sobre la que pasa por Ormuz, hay que tener en cuenta varios factores complementarios: ahorro por menor distancia, menor tiempo y por evitar riesgo en las zonas de Ormuz y Suez. Puesto en un ejemplo práctico y con cantidades hipotéticas, la formulación sería la siguiente: Si la ruta ártica ahorra 8 días y 2.500 millas, pero añade 500.000–1.000.000 dólares en escolta, seguros, preparación y riesgo operativo, será rentable cuando la crisis en Ormuz/Suez encarezca la ruta tradicional por encima de ese sobrecoste. Es decir, que los costes de espera, cancelación, pérdida o daño de los suministros o de sus rutas de abastecimiento alcancen esa cifra. El Ártico como alternativa viable al tráfico por el Estrecho de Ormuz. El Ártico no sustituye a Ormuz para el crudo del Golfo porque es una salida desde Arabia Saudí oriental, Irak, Kuwait, Qatar, Emiratos e Irán, algunos de los principales productores de petróleo. Esta ruta ártica sirve más bien para reordenar flujos Euro-Asia, sobre todo Rusia/Ártico–Asia o Asia–Europa. Como afirma Nuria Díaz, “para Rusia, la NSR es una palanca estratégica clara: control territorial efectivo, ingresos asociados a servicios de navegación y rompehielos, desarrollo de infraestructuras árticas y refuerzo de sus exportaciones energéticas”, mientras que “para China, representa una opción que debemos ver como complementaria dentro de su estrategia de diversificación de rutas”. En el caso de Europa, la posibilidades se ven “menos cohesionables desde el punto de vista estratégico”. Esto se debe a a la divergencia de planteamientos logísticos entre los Estados miembros. Una integración de los objetivos logísticos y comerciales de los Estados miembros que deseen utilizar las rutas árticas es deseable si Europa quiere el valor estratégico del Ártico. Los últimos acontecimientos en el Estrecho de Ormuz nos han han supuesto un shock global por varios motivos: Nuria Díaz menciona que, el aumento de costes (bunker, seguros, cambios de rutas), las interrupciones de los flujos (cancelaciones de tráficos), un mayor riesgo operacional (proyectos cancelados con destino en el Pérsico) y las crisis de suministros (fuel, queroseno, etc.). “Todo esto pone en valor la importancia de contar con alternativas logísticas en términos de resiliencia operativa. En este contexto, el Ártico gana interés estratégico «, concluye. Por todo esto, el Ártico no es todavía