Rusia ha celebrado su tradicional desfile militar del Día de la Victoria sin el habitual músculo militar que solía caracterizarlo y sin el respaldo internacional al que acostumbraba.
La amenaza de un ataque ucraniano ha provocado un gatillazo mediático que muchos interpretan como un signo de la fragilidad de los equilibrios en que se sustenta la estrategia del Kremlin.

Cada 9 de mayo, mientras Europa celebra el compromiso europeo, Rusia recuerda la victoria sobre el fascismo y el totalitarismo político, encarnado por el nazismo alemán. Un régimen sepultado por el esfuerzo conjunto de una Europa unida hace ya más de 80 años. La mayoría de países europeos celebra el Día de Europa – valga la redundancia – aniversario de la Declaración Schuman. Paralelamente, Rusia conmemora su “Día de la Victoria”. Dos celebraciones de acontecimientos directamente vinculados, que hoy en día se ven confrontadas, a la luz de la invasión rusa de Ucrania, en la batalla por el relato.
En 1945 los aliados pusieron fin a las aspiraciones imperialistas de un régimen que se consideraba legitimado para ocupar el territorio y pasar por encima de la población de sus vecinos. Si Europa conmemora el 8 de mayo la capitulación alemana y el 9 de mayo el Día de Europa, Rusia celebra el 9 de mayo su particular “Día de la Victoria”, hoy difícilmente explicable a la luz de su papel en Ucrania.
Aunque Vladimir Putin siempre ha enmarcado su famosa “operación especial” en una delirante lucha auto-profética contra un fascismo que sitúa en Ucrania, dicha guerra parece habérsele enquistado y sus consecuencias afectan, poéticamente, a la idea que vende Rusia acerca de su papel en la derrota del nazismo en 1945. Un imponente desfile militar conmemora la gesta y Rusia lo celebraba, hasta el año pasado, rodeada de sus aliados y de los motivos de orgullo de su industria militar.

El de 2026 ha estado marcado por el importante dispositivo de seguridad y por la ausencia de buena parte de las unidades con las que Rusia solía mostrar su músculo militar ante el mundo. Desde 2007 no se celebraba un desfile como este sin equipo militar. Pese al patriotismo que Moscú ha tratado de forzar a través de sus medios de influencia, el ambiente ha sido más amargo de lo habitual y ha discurrido casi como un mero trámite.
Para el Kremlin, se está volviendo cada vez más complicado disimular la fragilidad de sus equilibrios y las dificultades que les está generando su ofensiva sobre Ucrania. Una ofensiva en la que han tomado parte tropas norcoreanas, que también han estado presentes en este particular desfile del 9 de mayo.

Más allá de una interpretación simplificada, estas conclusiones reflejan una tendencia identificable en varios sucesos clave que, en conjunto, han tendido a fragilizar la posición de Rusia respecto a sus adversarios geopolíticos durante los últimos meses. Desde el asesinato de figuras clave en su estructura de toma de decisiones – como el número dos del GRU, Vladimir Alexeyev, en febrero de este año – hasta la pérdida de socios afines en Europa – como el recientemente derrotado Viktor Orban en Hungría – la posición internacional de Rusia se está debilitando. A esto se añade el evidente desgaste militar y económico de una guerra que dura ya más de cinco años.
Es cierto que el ataque de Estados Unidos sobre Irán y sus repercusiones sobre el mercado mundial de hidrocarburos ha supuesto un balón de oxígeno para Rusia y le ha permitido hacer caja y rellenar momentáneamente sus arcas. Sin embargo, existe una tendencia de naturaleza estructural que discurre a la baja y que le requiere modificar su hoja de ruta para no acabar enterrada bajo sus propias aspiraciones.
Si a todo el mundo le ha quedado claro que Rusia hace una lectura particular de la fenomenología geopolítica, un desfile militar sin músculo puede razonablemente ser interpretado como un gatillazo mediático.
Aunque este último pueda tener sentido tras un cálculo estratégico, en función de los riesgos – como la amenaza ucraniana de atacar el desfile con drones – y los posibles réditos, es una muestra clara de incertidumbre y, por tanto, de debilidad.

Durante este fin de semana de aniversarios, Europa ha vuelto a mostrarse optimista sobre sus posibilidades. Mientras en Moscú discurría un desfile militar más discreto, en Hungría tomaba posesión el nuevo Primer Ministro Péter Magyar. Así, en el aniversario de la declaración que inspira la actual Unión Europea, Hungría regresaba a la senda del compromiso, o al menos eso es lo que Magyar ha prometido. Sólo el Primer Ministro de Eslovaquia, Robert Fico, ha acompañado a Putin en sus celebraciones, desafiando una vez más la posición común de la UE sobre la guerra de Ucrania. ¿Es este el punto de inflexión que lleva buscando Europa durante el último lustro? Aún quedan asuntos por amarrar, pero también hay motivos para confiar en que la Europa de hoy está en mejor posición que la de ayer y peor que la de mañana.
Puede que todavía sea pronto para hablar de una inversión definitiva de las dinámicas estratégicas que han marcado el último lustro. Pero sí parece cada vez más evidente que la guerra de Ucrania no sólo está desgastando la capacidad material de Rusia, sino también el relato histórico y simbólico sobre el que Moscú ha tratado de sostener buena parte de su legitimidad internacional. Y en política internacional, cuando un actor empieza a perder simultáneamente capacidad, aliados y narrativa, rara vez se trata de un detalle menor.